jueves, mayo 25, 2006

mis noches en china



...te contaré un cuento,
...mejor te contaré una historia, tal vez cualquier historia,
...te la contaré cerca de una ventana, tal vez cualquier ventana,
...y te contaré lo que ví, lo que veo o tal vez te contaré lo que imaginé ver,
...te contaré que desde aquella ventana ví amanecer, y que el amanecer era limpio,
...te contaré que aquella mañana imaginé todas las mañanas, e imaginé que la ventana permanecía abierta, porque realmente lo que ví siempre lo quise ver.

Aquel invierno fue intenso. Un invierno gris cubierto de blanco. Un invierno que necesitó su tiempo para invernar.

Ví un invierno blanco sobre los árboles. Un invierno de cientos de árboles blancos soportado por millones de ramas. Y de todas las ramas soñé dos ramas que pertenecían a troncos de raíces distintas que se hallaban muy próximos el uno del otro. Tan solo los separaba un invierno, tal vez el mismo invierno. Imaginé dos ramas en una mañana de cualquier día. Eran dos ramas que se encontraban muy cerca del suelo, y sin embargo permanecían suspendidas cerca del cielo. Desde aquella altura contemplaban un mar blanco bajo unas nubes blancas bajo una luz blanca. Y desde aquella altura sentían el viento y podían escuchar sus silencios. Los silencios hablaban altos y elevados. Hablaban sus historias. Hablaban las historias de todas las ramas. Y de todas, dos de ellas se encontraron en el viento. Se escucharon en las largas noches, se sintieron en los cortos soles y se comprendieron en los silencios. Muchas eran las ramas que mantenían aquel invierno, pero tan solo dos de ellas se esperaban mutuamente. Habían crecido durante treinta largos otoños dejando caer en cada uno de ellos sus ocres ilusiones. Formaban así bajo sus pies una manta que los protegerían de la estación que estaba por llegar. Algunas de esas pérdidas se reflejaban en rojos anaranjados, otras en amarillos rojizos y la mayor parte de ellas en marrones apagados. Crecieron también durante los veranos que llegaban desde el mar con la espuma blanca de las olas. Olas que arrastraban hasta la playa la sabiduría de los océanos. Olas que amanecían una tras otra todos los atardeceres. Olas que al final de cada verano borraban las pisadas dejadas en la arena de todas las playas.

Se verían por primera vez aquella primavera, una corta primavera de tres semanas. Fue una corta pero intensa primavera, así lo recordarían los años. Tras caer la nieve brillarían en aquella mañana soleada. Fueron las primeras, las más tempranas en despertar, porque durante todo el invierno habían soñado mirarse. Todos los deseos guardados empezaron a nacer en cada una de sus verdes hojas. Cada hoja distinta y cada verde distinto, hasta completar toda la gama de formas y tonalidades posibles. En el reverso de cada hoja se podían leer mil vidas, en el anverso todas ellas eran la misma. Unas hablaban de la calma que disfrutaban bajo la sombra de sus hermanas. Otras de la seguridad con la que se columpiaban sin temor a caer. Eran otras las que se abrían al sol para alimentar el alma de cada tronco de cada árbol. Algunas hacían cosquillas a las demás para que rieran. Y casi todas se respetaban y ofrecían su espacio a las otras. Pero cada verde de cada hoja de cada rama seguía perteneciendo a árboles separados por la tierra. Lo que no sabía el invierno es que aquel año habían conseguido unir sus raíces. Durante aquel invierno se habían preparado para aquella primavera, todos los inviernos se habían preparado para aquella primavera. Habían conservado intacta toda la sabia, una sabia dulce y en ocasiones amarga. Habían luchado para no caer jamás al suelo. Puede que no hubiesen elegido la dirección de crecimiento más fácil, pero con los años se consolidaban como las ramas principales de cada árbol.

Y lo que ví aquella mañana tras la ventana fueron dos flores naciendo en cada extremo de cada rama que fueron creciendo hasta que sus pétalos blancos se llegaron a tocar ayudados por la brisa de los suspiros que expresamos desde nuestras ventanas. Y contemplé una caricia blanca. Un instante blanco. Una magia blanca. Y mil vidas blancas.

...estas fueron las palabras que encontré nada mas llegar a casa. Hacia ya varios días que estaba ausente y deseaba volver. Aquellas palabras las leí en una carta que conservaba en los recuerdos de la primera vez que la ví. La ví en una primavera corta de tan solo tres semanas. La ví con una mirada blanca. La ví sujetando en sus manos una vida blanca. Y la sentí después de mirarla tras su piel blanca.

Y cuando llegué a casa comprobé que la ventana estaba abierta. No recordaba que la hubiera dejado así. Y sentí que el invierno no había enfriado la casa. Y al acercarme a la ventana para cerrarla descubrí a lo lejos dos flores superpuestas de pétalos blancos que se acariciaban cada vez que se mostraban la una tras la otra. Y al sentarme en la ventana apareció.

Apareció con su vestido blanco iluminada de blanco en aquella mañana blanca en la que regresé.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

siempre ambiguo,siempre magico,arrancaste de mi alma una lagrima q corrio por mi mejilla al leer tu historia.

8/6/06 00:44  
Anonymous Anónimo said...

HOla. Me ha gustado tu texto que rebosa sensibilidad. Que duermas bien. David

11/6/06 20:10  
Anonymous rapaz said...

¿sabes?... he cambiado de opinión, sí.
si al salir de mi trabajo encuentro un papel en el suelo con un blog escrito... sí, lo abriría

26/2/07 17:24  

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